I
La pequeña de 7 años de edad entró a la habitación de Diane. Ella se encontraba sentada en la cama matrimonial, con el rostro cubierto por ambas manos. Lloraba. La niña, habiendo rescatado al pequeño gato hambriento que siempre se paseaba afuera de la ventana de su cuarto, tenía una amplia sonrisa en el rostro. Pero al ver que Diane parecía estar emocionalmente deshecha, en lágrimas, la pequeña se detuvo y su alegre expresión se esfumó.
"Mami, ¿qué sucede?" Interrogó la niña, preocupada.
Diane separó las manos de su rostro y la miró.
"N-No es nada, no te preocupes. Todo va a estar bien..."
La niña echó un vistazo al interior de la habitación, de izquierda a derecha.
"¿Dónde está mi papá?"
"Él...se fue, cariño. Se ha ido..."
"¿Cuándo regresa?"
"No, Alice, él no regresará."
"¿Nunca más?"
Diane negó con la cabeza.
"Nunca más..."
Dos días después, la niña jugaba con el gato, afuera de la casa, justo en la entrada. A la izquierda se encontraba la cochera, y a la derecha un pequeño jardín. Diane, malhumorada, se preparaba para salir. Cogía las llaves, buscaba la bolsa, se revisaba el maquillaje en el espejo, etcétera.
La pequeña, recostada ahora en el suelo, levantó al negro gato con ambas manos hacia el cielo. Se miraron mutuamente. La niña sonreía como nunca en su vida; por fin tenía un compañero, alguien con quien jugar. Sin embargo, notó que el felino maullaba con desesperación y entonces ella lo entendió; se levantó, lo puso abajo en sus cuatro patas y lo observó. El gato terminó de orinar cuando Diane salió de la casa. Iracunda, vio lo que sus ojos le permitieron ver y se acercó.
"¡Carajo! ¿Por qué trajiste a esa cosa a la casa? ¡¿No ves lo que está haciendo?!"
La niña, asustada, se hizo a un lado inmediatamente e intercambió miradas de angustia entre Diane y el gato. Este último miró fijamente a Diane.
"¡Métete a la casa, pero ya!" Le gritó a la niña.
"P-Pero, ¿qué pasará con él? ¡Mami, ¿qué pasará con él?"
"No tengo tiempo para estas tonterías." Respondió bruscamente Diane y, acto seguido, le metió un tremendo puntapié al animal hasta que salió volando hacia lo lejos.
La pequeña arrojó un fuerte alarido y trató de correr hacia el gato pero Diane la sostuvo del brazo, deteniendo su avance. La estrujó lo suficiente para que entendiera y la empujó violentamente contra la puerta entre abierta de la casa. En lágrimas, la niña miró con un miedo receloso a Diane.
"Cierra la puerta y no vuelvas a salir sin mi permiso. No quiero ver a ese animal, ni a ningún otro, en esta casa. ¡¿Entendiste?"
Esa última palabra resonó en la cabeza de la niña durante el resto del día que pasó encerrada en su habitación, llorando. Sola de nuevo.
Nunca más volvió a ver al gato.
II
Cuando el profesor de Biología abandonó el salón, la mayoría de los estudiantes permaneció en sus pupitres, otros se levantaron. Tenían prohibido salir, así que no podían más que conversar entre ellos o hacer algún escándalo.
Anthony Hoffman no despegó la mirada de Alice. Él se sentaba en la esquina, hasta mero atrás, a la derecha. Ella se sentaba en la otra esquina, hasta mero atrás, a la izquierda. Él podía ver a través de la entrada del salón. Ella a través de la ventana.
Anthony se puso de pie, soltó una trémula sonrisa de cinismo y comenzó a acercarse lenta y tranquilamente hacia Alice. Como ella estaba distraída, contemplando hacia fuera a través de la ventana, no vio que el bisexual pretencioso se aproximaba. Algunas compañeras suyas notaron lo que estaba por acontecer, se cubrieron las bocas, soltaron risitas molestas y contemplaron el suceso. Alice, recargando su mentón en la palma de su mano, y el codo encima del mesabanco, continuó mirando hacia la nada. Anthony llegó por su derecha, sonrió como un travieso y vertió leche en la cabeza de la rubia. Alice encogió de hombros al sentir el frío del líquido aquel escurrirse en su rostro y en sus cabellos, soportando también las burlas de sus compañeras. Enfureció pero permaneció estática, mirando hacia sus manos.
"No te emociones..." le dijo Anthony, bajando el envase de cartón. "No es semen." Sonrió entonces. Las chicas volvieron a reír.
Alice sabía que, si lo acusaba, sólo lo reprenderían sin hacerle nada en realidad. Si lo golpeaba, la suspenderían. Si planeaba hacerle lo mismo después, se le dificultaría mucho porque ahora, él estaría siempre a la guardia. Nada funcionaría. Pero aun así, se puso de pie, sacudió sus manos y fijó su enrabiada mirada en el sonriente de su compañero. Enseguida, le soltó una fuerte cachetada, pero eso sólo provocó más risas de los mirones del salón. Anthony ni se inmutó y continuó sonriendo, ahora riéndose también. Alice salió corriendo, totalmente roja y avergonzada, del salón.
Ese día, juró vengarse de él. A la semana siguiente, vació leche en la mochila de Anthony cuando todos estaban en el recreo. Cuando el chico supo de esto, la acusó a la dirección. Alice fue suspendida por un día bajo la excusa de que había recurrido a la venganza.
III
"Alice, Tracy y Jessica, por favor pasen conmigo cuando termine la clase." Comentó Ryo Midori, de pie frente a todos los estudiantes. Al acabarse la clase, estos abandonaron el aula, dejando solas a las tres chicas mencionadas.
Jessica era una coqueta chica de cabellos castaños, atados en una larga cola de caballo. Grandes ojos azules. Muy buen cuerpo.
Tracy era una tímida chica de cortos cabellos rojos y pequeños orbes del mismo color. Delgada, plana, pero esbelta.
Midori se sentó en el escritorio y volteó a ver a Tracy y a Alice. Puso los codos sobre la mesa y entrecruzó los dedos de sus manos.
"Ustedes dos esperen afuera."
En silencio, ambas chicas se retiraron del salón, Tracy creyendo que había reprobado el examen otra vez, Alice estando segura de que su profesor les propondría un "trato". Ella se cruzó de brazos y se recargó en la pared al lado derecho de la puerta, en completo silencio.
Más tarde, Jessica abandonó el aula, pasando entre ambas chicas a la espera. Sonreía, estaba sonrojada, pero se le notaba perspicaz y alegre.
"Adiós, tontas." Dijo, rió y se apresuró para marcharse de ahí.
Midori mandó llamar a Tracy. Ella tragó saliva, se sonrojó y entonces intercambió miradas con Alice. Sin embargo, esta última no dijo nada a pesar de sostenerle la mirada a su compañera.
"S-Sé muy bien que reprobé otra vez..." Dijo la tímida. "Así que... Así que..."
"Sólo dile que no y ya. Como siempre lo has hecho." Respondió Alice, cruzada de brazos todavía.
"Pero Jessica aceptó. Seguramente... S-Seguramente se verán en algún lado p-para..."
"No me importa. Tú dile que no y te dejará en paz."
"Pero así nunca aprobaré su clase."
Tracy estaba aterrada. Alice no dijo más. Así que la sonrojada y avergonzada chica entró en el salón, cerró la puerta y avanzó hacia el profesor, quien sostenía una muy placentera sonrisa.
A los pocos minutos, Tracy salió huyendo del salón, a toda prisa. Alice frunció el ceño, se descruzó de brazos y siguió con la mirada a la tímida de su compañera. Iba a ir tras ella, preocupada, pero el profesor salió del salón y la detuvo, sosteniéndola del brazo.
"Aguarda un momento." Le dijo, pero Alice arremetió, librándose violentamente.
"¿Qué fue lo que le dijo?" Interrogó, iracunda.
"A estas alturas ya deberías saberlo, mi querida Alice..."
"Maldito pervertido... ¿Cómo se atreve a hacernos esto? ¡Somos mujeres!"
"A los maestros y a mí ya nos están cansando tus arranques de ira, Alice. Si sigues así, no pasarás ningún examen. Y yo, por supuesto, puedo encargarme de que sea un hecho." Le guiñó el ojo.
Alice levantó la mano, dispuesta a soltar cachetada.
"Ah-Ah." Midori alzó el dedo índice de su mano derecha, cerró los ojos y advirtió. "Golpear a un maestro merita la expulsión definitiva del colegio. Me lo pensaría dos veces si fuera tú." Y sonrió.
Alice maldijo en silencio, cogió su mochila y se marchó del lugar, indignada. Sintió la mirada del profesor mientras se alejaba, empuñando ambas manos. Sus tíos le creerían, pero sería la palabra de ellos contra la de una institución de prestigio, contra la de los maestros, contra la de un adinerado sujeto.
IV
Beverly Scatress corrió tras de Alice para alcanzarla y decirle algunas palabras.
"¡Espera!"
Alice tuvo que interrumpir The Kiss de The Cure en su reproductor de música, bajando la diadema de audífonos. Beverly se detuvo, suspiró un par de veces y sonrió. Estaban en medio de la calle.
"No nos conocíamos. Yo ya te había visto antes, pero no nos conocemos todavía. Mucho gusto, soy Beverly." Le dio la mano.
Alice estrechó la mano pero no le devolvió la sonrisa. Sólo asintió con la cabeza y esperó a que su futura contrincante continuara la charla. Empezaron a caminar juntas hacia la banqueta.
"Te vi en el combate, eres muy buena. Claro que te hace falta más elegancia para el manejo de tu arma, pero supongo que eso es culpa del profesor que tienes." Y echó una pequeña risa muy arrogante. "Pero quiero que sepas que yo no creo en esto de la rivalidad. Es un torneo y ya. No importa realmente quién gane, ¿o sí? Yo pienso que no. Además, somos compañeras y así es como deberíamos comportarnos. Podría... Podría llegar a ser tu amiga, si te permito el lujo, claro."
"Gracias pero no estoy interesada de momento. Sólo quiero tener un buen combate mañana, eso es todo. Disculpa."
Beverly permaneció de pie, incrédula, mirando cómo Alice se alejaba. Pero antes de que ella se pusiera de vuelta sus audífonos, Beverly expulsó sus verdaderos sentimientos.
"Lo sabía, eres una amargada. Tal y como lo comentan tus compañeros."
Alice se detuvo.
"Eres una rarita, estás loca... Por eso no tienes amigos y siempre estás sola. Además de que usas la espada toda lenta y estúpida... No sabes pelear."
Alice sonrió.
"Me halagas."
"¿Disculpa?"
"Yo tengo una razón para entrenar, a diferencia de todos ustedes que no son más que seres obsoletos y superficiales. Sólo les interesa lucirse frente a otros y alimentar sus egos. Si al ser diferente de ustedes me convierto en una loca y rarita, entonces me halagas."
"Yo no soy ninguna superficial, para tu información, perra... No te metas conmigo, no tienes ni idea de quién soy."
"Hablas como una niña. Pensé que mi oponente sería una mujer."
"Veo que eres buena con las palabras." Beverly acarició orgullosamente su cabello y forzó una sonrisa ligera. "Lástima que esa sea tu única virtud."
"Mañana conocerás mi verdadera virtud..."
"Sí, claro, como tú digas, loca."
Alice no quiso seguir hablando, a pesar de que su contraparte esperaba cualquier clase de respuesta, la que fuera pero alguna. Se marchó. Reprimió sus comentarios, se tragó el coraje y se fue de ahí.
Beverly enmudeció totalmente, enfadada empuñó la mano derecha y clavó sus orbes en la espalda de su enemiga, la cual siguió alejándose hasta perderse de vista.
Ese mismo día, Beverly decidió seguirla discretamente para poder ver en dónde vivía...
V
Messenger.
"¿Qué sucede, Tino?" Escribió Laila. "¿De verdad pensabas que no me iba a dar cuenta?"
"No sé a qué te refieres." Escribió Tino.
"A lo que has estado haciendo y a lo que has estado planeando. A ti sólo te importa venir a satisfacer tu ego todas las noches. No te interesan los sentimientos de los demás, de ninguno de tus compañeros, ni siquiera los míos."
"Entiendo que te sientas así, pero no es verdad que no me importan. Ustedes son mis amigos."
"¿Ah, sí? ¿No fuiste tú quien dijo que al apagar la computadora dejábamos de existir? Que un día te ibas a desaparecer y todas esas tonterías. ¿Por qué dices esas cosas?"
"¿Te sientes muy importante como para decirnos eso?" Escribió Lucian.
"Esto no va contra ti. Es contra Tino."
"No puedes tenerme atado a este grupo, Laila. Yo soy libre de ir a donde quiera y cuando quiera. No me tomes a mal, me encanta venir a escribir con ustedes, pero no podré hacerlo siempre."
"Eres un hipócrita."
Hubo un silencio muy largo. La tensión se incrementó entre todos.
"¿Por qué dices eso?"
"Te importa un comino este grupo."
"No es cierto." Escribió Lucian. "A todos aquí nos importa el grupo, por eso venimos cada noche, cuando podemos, para poder estar aquí."
"Dicen eso pero son puras palabras. Sus hechos demuestran lo contrario. ¿Y por qué tanto interés en defender a Tino, Lucian? ¿Crees que no me he dado cuenta?"
"Laila, no te pongas así..."
"¿Cómo quieres que me ponga si faltas cuando se te da la gana, sin avisar ni nada? Y encima de eso, me retas cada vez que hablas, defiendes a Tino siempre, nunca estás a favor de ninguno de mis argumentos. No tengo otra manera de ponerme en este momento."
"No me gusta tu actitud." Escribió Tino. "Y no pienso tolerarla. Hablaremos cuando te hayas calmado..."
"Tú no das las órdenes aquí."
Hubo otro silencio prolongado.
"¿Así es como nos ves? ¿Como tus empleados? ¿Tus subordinados?" Escribió Lucian.
"No. Ustedes son mis amigos y los aprecio mucho. Son, además, miembros de este grupo y son mis compañeros. Pero tienen que entender que si van a estar aquí, entonces se lo van a tomar en serio. Lo único que les estoy pidiendo es que me avisen cuando vayan a faltar, o que tengan una buena excusa cuando no puedan hacerlo. Que demuestren seriedad con hechos y no con palabras. Que se comprometan. Lamento si los ofendí, no era mi intención."
Tino abandonó la conversación.
"Carajo..."
"Hablaré con él." Escribió Lucian.
"Gracias."
"¿Cómo esta Alice?"
"Bien, aquí leyendo todo conmigo."
"¿Y tú?"
"Lo siento. Quisiera poder ser la líder perfecta pero no lo soy. Es difícil mantener un grupo unido y más si es virtual, cuando no puedo ni siquiera verles las caras."
"Nosotros tampoco podemos ver la tuya."
"Lo sé, pero lo resiento, y más por Alice. Ella necesita esto."
Lucian no escribió nada durante un rato.
"Entiendo."
"Sólo pedirles ese favor... La verdad es que ya no sé si les importa realmente el grupo, o si nosotras les importamos, pero háganlo saber con hechos, no con palabras."
"Sí nos importan."
Lucian ha cerrado sesión.
Lucian y Tino en una conversación.
"¿Ves lo que te dije? La estamos llevando a la desesperación." Escribió Lucian. "Si no confiesa dentro de poco, entonces la hackeo."
"No será necesario." Escribió Tino. "Ella confesará, no tiene otra alternativa."
"Su grupo perfecto se va a terminar dentro de poco. Para que vea que engañarnos tiene su costo."
"Así es."
"Perra engreída."
"No gastes tus insultos. Ella es una don nadie que no tiene vida, por eso 'necesita' esto. No es nada sin nosotros."
"Seh, lo sé. Pero ya me tiene harto."
"Tú sólo sigue jugando tu papel y ya veremos cómo se desenvuelven las cosas..."
"Muy bien."
VI
David tomó su chaqueta inmediatamente y salió a toda prisa de su casa. Olvidó cerrar con llave, pero sabía que su madre se daría cuenta de esto y vendría a cerrarla por él. Corrió entonces a través de la banqueta, todo derecho, hasta doblar en la esquina hacia la izquierda. Una vez cerca de la parada de camión, se percató de la hora que era; si tomaba el autobús, no llegaría a tiempo y todo se echaría a perder. Empezó a llover y eso lo obligó a tomar un taxi en cuanto lo vio pasar por esa misma calle. Le iba a salir un poco caro, pues era de noche, y para colmo el aguacero estaba recio. Se mojó cuando corrió hacia el automóvil pero no le importó. Debía llegar lo más rápido posible. El taxista, con David adentro en el asiento trasero, arrancó y se dirigió hacia el destino que el muchacho le indicó. Sin más por hacer, volvió a mirar el reloj un par de veces y contempló el camino a través de la ventana. Se sintió nostálgico y algunos recuerdos comenzaron a abordar su cabeza, provocando que surgiera una muy ligera sonrisa entre sus labios. Descansó, suspiró pesadamente en numerosas ocasiones, no sabía cómo acelerar al taxista, pero sí sabía que era muy tarde.
Cuando el coche llegó, se estacionó debajo de un árbol para evitar que el chico se mojara. Sin embargo, David no traía ni paraguas ni nada con qué cubrirse, así que iba a empaparse de todas maneras. Sacó la billetera, pagó, dejó el cambio, salió apresurado del taxi y corrió a través del pasillo aquél entre las hierbas. El taxista sacudió la cabeza, guardó el dinero, arrancó su vehículo y desapareció de la escena. Sin tener dónde cubrirse, David corrió lo más rápido que pudo, ya empapado, pero más que nada avergonzado por llegar tarde. La maldita desidia, como de costumbre. Entonces llegó al enorme patio, a la cancha de pavimento vacía y abandonada, pero por obvias razones no vio a nadie. Supo de inmediato que debía correr todavía más, dejar ese inolvidable lugar atrás y dirigirse hacia el único lugar techado. Al llegar, tratándose de una casa en ruinas y con un bloque que parecía una habitación vacía, el muchacho sacudió sus lacios cabellos y buscó entre la oscuridad por alguna señal de vida. Y en ese momento la vio; se encontraba sentada en el borde donde debía estar la ventana, completamente despreocupada de la lluvia. Se veía como una hermosa princesa bajo el encanto del resplandor de la luna. Vistiendo de negro, como siempre. Angustiado, David sacudió su mente y se aproximó. Ya tenía muchas palabras, un pequeño monólogo, una explicación, todo listo para justificar su retraso, pero se detuvo en seco cuando se dio cuenta de algo. Sonrió. ¿Por qué? Porque ella estaba sonriendo. Alice sonreía. Alice sonreía. Alice sonreía.
Alice sonreía.
Alice sonreía.
Alice sonreía...